Excentricidad irregular: Fazil Say graba la integral de sonatas para piano de Beethoven

por | 10/02/2020 | Crítica

Cuando algo excepcional sucede cada cierto tiempo, acaba por dejar de ser excepción y pasa a convertirse en regla. La figura del pianista excéntrico ha dejado de ser excepcional y se ha convertido en algo cada vez más frecuente. A buen seguro, amigo lector, habrá pensado inmediatamente en Glenn Gould, y probablemente enseguida también en Friedrich Gulda o Ivo Pogorelich, pianistas ambos famosos por poseer una personalidad —musical y extramusical— fuera de los estándares. Si profundizamos un poco más hallaremos nombres como el de Cyprien Katsaris o el de nuestro protagonista de estas líneas, el pianista y compositor turco Fazil Say. 

Al igual que Sony hizo con el pianista alemán Igor Levit, Warner Music se ha subido al carro de las ediciones integrales de las sonatas para piano de Beethoven, como  celebración, en este año 2020, del 250 aniversario de su nacimiento. Para ello ha elegido a Fazil Say y la elección, como veremos, ha sido un acierto solo a medias. 

Las sonatas más tempranas forman un grupo bastante cohesivo en esta integral. Say interpreta con corrección, sin extremar el tempo, logrando así versiones por lo general bien definidas pese a breves momentos de turbidez en el registro medio grave. A partir de la Op. 13 en do menor, conocida comúnmente como «Patética», empezamos a encontrar lecturas menos convencionales. El grave introductorio del primer movimiento de la Op. 13 se interpreta de forma muy libre, flexibilizando el pulso de modo que, si bien es eficaz, no estoy seguro de que sea ortodoxo desde el punto de vista del estilo. Concretamente entre los compases cinco y nueve, el pulso se vuelve notoriamente más rápido y produce una agitada sensación de impaciencia que quizá concuerde con el carácter del pasaje pero que, en cualquier caso, contradice una partitura en la que no hay indicación alguna. Ahora bien, nunca estará del todo claro que la ausencia de tal indicación impida ejecutar el pasaje en la forma en que Say lo hace, en tanto en cuanto tampoco hay una indicación que nos disuada de hacerlo. Sea como sea, a partir del compás once la versión de Say se vuelve algo más contenida, y lo cierto es que el Allegro di molto e con brio no es especialmente rápido. Es el Adagio cantabile el momento más interesante de toda esta sonata Op. 13, al menos en la versión de Say. El turco consigue extraer del piano un sonido ciertamente hermoso, solo enturbiado por el incesante y exagerado canturreo del intérprete. Canto aparte, si debo hacer una única objeción a la lectura de Say diré que, al llegar la sección central con el motivo atresillado, el pianista acelera levemente el pulso, pero en el momento en que el tema inicial se retoma —manteniendo el acompañamiento en tresillos— regresa al tempo inicial restando así eficacia a la fluidez que aporta esa figuración. Poco que decir del tercer movimiento, interpretado con enjundia pero sin excesiva velocidad, lo que facilita una escucha nítida.

Say tiene momentos verdaderamente inspirados en esta integral. La siguiente sonata, la Op. 14 nº1 en mi mayor, por ejemplo. Interpretada con la justa mezcla de nobleza y brillantez que se espera en esta partitura, los tres movimientos discurren con naturalidad y fraseo bien resuelto. La misma sensación se tiene en la Op. 22 en si bemol mayor, cuyo último movimiento evoluciona de forma especialmente orgánica. Más discutible es su enfoque de la Op. 27 nº1, Op. 27 nº2 y, Op. 28. En las tres se han tomado decisiones que, aunque estoy por asegurar que no son arbitrarias, perjudican más que benefician al discurso musical. En la Op. 27 nº2 «Claro de luna», lo primero que sorprende es el tempo lentísimo del primer movimiento. Ya he hablado en otras ocasiones del papel que juega el pulso a la hora de hacer que el canto de la voz superior sea algo más que una sucesión de notas sin dirección ni sentido. En el caso de Say, la lentitud hace que muchas veces los tresillos de la voz intermedia acaben destacando más que el propio canto debido al decaimiento —natural en el piano— de las notas largas. El tercer movimiento, con sus enérgicos contrastes, está sin embargo muy bien resuelto. La Op. 28 «Pastoral» presenta algunos rasgos que, a mi modo de ver, hacen insostenible la versión de Say: un primer movimiento tan histéricamente rápido que se pierde por completo el orgánico fluir de la música hasta hacerla ansiosa e impaciente, totalmente alejada del espíritu reposado de esta sonata; un segundo movimiento con tal cantidad de pedal que acaba dando al traste la articulación de la mano izquierda; un Rondo tan apresurado que, a la hora de abordar el final, Say no distingue entre el allegro ma non troppo del arranque y el presto de la coda —y esto sucede exactamente igual en el final del tercer movimiento de la Op. 57 en fa menor «Appassionata»—. Una de las páginas mejor resueltas por Say es la sonata Op. 31 nº2 en re menor «Tempestad», desde los agitados movimientos extremos y hasta el plácido Adagio. Lejos de resultar excéntrico, el turco se muestra aquí en el justo equilibrio entre el rigor del texto y la libertad expresiva.

A mi juicio, las más grandes sonatas para piano de Beethoven se encuentran a partir del Op. 53, ocupado por la inmensa «Waldstein». Al hacer la crítica de la integral de Igor Levit mencionamos la atmósfera delicada y confortable que conseguía el alemán en su interpretación del último movimiento. No así el turco, pues aunque introduce el Rondo final con acierto, el resultado es levemente más áspero. Eso no quita para que después el discurso avance de forma interesante, con contrastes bien conseguidos, fraseo pulcro e inteligente dosificación de recursos técnicos. Para el allegro inicial de la Op. 106 en si bemol mayor «Hammerklavier» Say elige un tempo cercano al de la última versión grabada por Daniel Barenboim, un tempo que permite disfrutar de los detalles. El tercer movimiento, por su parte, es extremadamente patético y desolador, con su punto dulce en el precioso y delicado pasaje central de octavas partidas que Say soluciona de un modo realmente fantástico. Las Op. 110 y 111 también están aquí representadas por versiones más que correctas, especialmente la 110, a cuyo apoteósico final se llega tan paulatinamente que uno no puede sino alabar el trabajo de Say en la gradación dinámica y la gestión de los tempi, que hacen que todo sea increíblemente natural.

Hay universos infinitos en estas treinta y dos sonatas, y Fazil Say parece no entenderlos todos por igual. Claro está que no pueden compararse las primeras a las últimas, pero la irregularidad de Say en el enfoque interpretativo es tan acusada que, mientras unas parece comprenderlas de una forma instintiva y sin esfuerzo, otras aparecen artificiosas y forzadas. Así las cosas, en absoluto es esta una integral para descartar. Personalmente creo que no es la opción que elegiría si no tuviera ya otras tres o cuatro ediciones en mi estantería. Si queremos algo más universal, más referencial, entonces deberíamos pensar en la primera grabación de Barenboim (EMI, 1967-70), o la grabación de Richard Goode (Nonesuch, 1993). Incluso recomendaría la de Levit antes que la que nos ocupa, pero creo que si ya hemos cubierto los puntos de vista más ortodoxos, quizá no esté de más que valoremos esta versión de Fazil Say, que con su manifiesta excentricidad, su incesante canturreo y sus aproximaciones irregulares al texto firma algunas lecturas verdaderamente interesantes.

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Álvaro Menéndez Granda

Soy pianista y profesor de conservatorio en la Comunidad de Madrid.  Tras haber escrito durante algunos años en diferentes medios especializados he creado ESPACIOAREZZO, un blog en el que publico crítica, artículos de opinión y monografías, además de breves textos en clave de ensayo. Soy también productor audiovisual y técnico de sonido. En 2019 se estrenó mi primer largometraje documental y estoy en fase de producir el segundo.  Compagino mi trabajo en la docencia con la crítica y el mundo audiovisual.

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