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Testamento Zimmermann

por | 17/05/2020 | Crítica

El pianista Eduardo Fernández regresa al panorama discográfico con un nuevo título, esta vez dedicado a la integral para piano del compositor alemán Bernd Alois Zimmermann (1918-1970). El nombre de Fernández es bien conocido por su inmenso talento y su aguda sensibilidad, además de por no amedrentarse ante repertorios de extrema dificultad. Artífice de algunas grabaciones extraordinarias, como su Suite Iberia o el delicioso álbum consagrado a las últimas obras pianísticas de Brahms, se ha enfrentado a la compleja música de Ramón Paús y ha recorrido buena parte del camino que le conduce a ser el intérprete nacional de referencia para la obra de Scriabin.

Quienes me conocen saben que no soy especialista en nada, pero, si en algo se me puede considerar un experto, desde luego no es en música posterior a 1900. He tocado Ravel y Debussy, he tocado Cage y Ligeti, he tocado Castillo y José Luis Turina; pero me reconozco totalmente perdido al analizar la obra de ciertos autores como Boulez, Messiaen, Xenakis o Stockhausen. No puedo negar que sus ideas musicales se me antojan tan interesantes como insondables, pero no es menos cierto que siempre se me han resistido al análisis. Toda esta excusatio non petita pretende que, sin perjuicio de mi entusiasmo por el trabajo de Eduardo Fernández, el lector me permita limitarme a cuestiones meramente descriptivas, muy personales, con respecto al trabajo de Zimmermann, evitando ese análisis riguroso en el que, sin lugar a dudas, fracasaría.

El álbum, que dispone las obras en riguroso orden cronológico, se abre con las maravillosas Drei frühe Klavierstücke. Estas tres piezas, escritas entre 1939 y 1946, revelan todo un compendio de influencias sin perder su propia identidad. Al escucharlas se aprecian pinceladas de Ravel y Scriabin, pero también de Chopin y, más remotamente, de Bach. Dulcemente interpretadas por Fernández, que despliega una paleta inmensa de colores en una partitura bastante parca en cuanto a indicaciones, su sonoridad transcurre entre la inociencia del primer número —que casi parece una escena infantil—, la placentera serenidad del segundo y el contrapunto firme, certero y transparente del número final. 

A los tres Klavierstücke les sigue Extemporale, un conjunto de cinco piezas de sonoridad ligeramente más avanzada. Un preludio que parece hablar sin palabras acerca de la decepción o la soledad; una invención a dos voces en la que Bach vuelve a ser el modelo; una ondulante y oscura siciliana, danza gemela de la forlane, que evoluciona de la sutileza a la contundencia; un maravilloso bolero plagado de detalles de articulación y con una gran línea discursiva; y por último un finale que contrasta con los movimientos anteriores por su lenguaje menos colorista y más árido. El conjunto brinda una nueva oportunidad al pianista madrileño de exhibir su catálogo de recursos tímbricos y de transportarnos a un universo de infinitas y leves gradaciones crómaticas.

La experiencia de escuchar el Capriccio, de 1946, es comparable a la de asistir a una representación teatral. Se nos presentan nuevos y diversos personajes que bien monologan, bien dialogan, y cuyos caracteres mudan como si de seres vivos se tratase. Si la obra anterior permitía al intérprete mostrar sus recursos, esta le obliga de manera acuciante a cambiar de piel y transformarse en un nuevo ente, asumir su personalidad, sus inquietudes, su humor y sus afectos. Todo un reto, pues apenas hay tiempo para vestirse un disfraz y ya debemos ponernos el siguiente. Como suele suceder —para desgracia de los intérpretes— en muchas obras del repertorio, la partitura no deja entrever las dificultades de la música que contiene. Sin embargo, camaleónico y ágil, Fernández se muestra increíblemente resuleto y soluciona la exigencia del texto con una envidiable soltura. 

Bien distinta es la atmósfera que rodea a Enchiridion, de 1949. Formado por dos cuadernos, entre los que se intercala un pequeño anexo que complementa al primero, Enchiridion es un conjunto de piezas en las que el instrumentista se enfrenta a una escritura meticulosa hasta la neurosis. Bajo la apariencia inocente de unas piezas breves e intimistas, el intérprete encontrará abruptos y constantes cambios agógicos, figuraciones casi jeroglíficas y dinámicas extremas. La versión de Fernández extrae de la partitura hasta el más insignificante de los detalles, alglo que, más allá de poner de manifiesto su propio brillo como pianista, permite imaginar las horas de investigación que hay detrás de cada compás grabado.

El lenguaje más extremo de Zimmermann se manifiesta en la última obra del disco, Konfigurationen. Ocho piezas forman este cuaderno en el que la doble barra se desdibuja y, con una naturalidad y una cohesión asombrosas, pasamos de un número a otro casi sin solución de continuidad. Probablemente Fernández, que las ha trabajado a conciencia —no concibo otra forma de abordar este repertorio, ni creo que ningún músico que se precie lo haga—, podría poner sobre la mesa una infinidad de sutiles diferencias entre cada movimiento. Yo no. De estas ocho miniaturas me quedo, sin lugar a dudas, con su minimalismo. Hay mucho que hacer con poquísimos elementos, lo que es terreno fértil para una mente pianística inquieta y minuciosa como la del pianista madrileño.

Me gustaría finalizar esta crítica con una pequeña anécdota personal, abusando de la paciencia del lector. No puede decirse que, en lo tocante a la música, yo haya sido un estudiante apático o sin interés —más bien al contrario—, pero en las ocasiones en que tuve que enfrentarme a los aspectos analíticos y compositivos de la música del siglo XX a menudo recurría a la idea romántica de la «evasión en el tiempo», esto es, me ponía a pensar en otra cosa hasta que la clase terminaba —por si alguno de mis profesores me está leyendo: confío en haberlo disimulado de forma satisfactoria—. Disculparse ya no sirve de nada, pero ahora reconozco que de haber tenido más abiertos la mente y los oídos habría podido enfrentarme mucho antes a repertorios en los que hoy me siento, como oyente, medianamente cómodo. Esta grabación de la obra pianística de Zimmermann es uno de esos trabajos que me hace sentir una nueva y estimulante conexión con el repertorio del XX, pues al contrario de lo que me habría sucedido en la adolescencia, soy capaz de escuchar en ella la voz de un compositor atormentado, cuya mente es víctima de una profunda angustia palpable en el sonido de su música. Puede apreciarse con total claridad el devenir creativo del autor alemán, la forma en que su lenguaje crece y evoluciona. Tal y como yo lo veo, este disco es una suerte de testamento Zimmermann en el que, merced al abrumador talento de Eduardo Fernández, quedan rubricadas las voluntades pianísticas del compositor.

Soy pianista y profesor de conservatorio en la Comunidad de Madrid. Tras haber escrito durante algunos años en diferentes medios especializados he creado ESPACIO AREZZO, un blog en el que publico crítica, artículos de opinión y monografías, además de breves textos en clave de ensayo. Soy también productor audiovisual y técnico de sonido. En 2019 se estrenó mi primer largometraje documental y estoy en fase de producir el segundo.  Compagino mi trabajo en la docencia con la crítica y el mundo audiovisual. Álvaro Menéndez Granda

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