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Acerca de Rubén Talón y la Sonata en si menor de Liszt

por | 24/04/2020 | Crítica

En un momento cercano al final de una de sus largas y contundentes conferencias en vídeo, el filósofo Ernesto Castro hace una interesante diferenciación entre el tratado y el ensayo, a propósito de Gustavo Bueno y José Ortega y Gasset. Mientras que el tratadista escribe un texto en el que busca decir todo cuanto se pueda decir sobre un tema, el ensayista toma unas pocas ideas y las desarrolla de forma profusa. Creo que es más que pertinente establecer esta diferencia y traerla a colación en un texto crítico acerca de una de las obras más interesantes y sorprendentes de la literatura pianística del siglo XIX. La Sonata en si menor de Franz Liszt conjuga de forma magistral el desarrollo ensayístico de la idea con la densidad y el cierre del tratado. No existe —o al menos yo no conozco— otra obra en el repertorio pianístico que haya llevado al límite las características estructurales de la forma sonata hasta el punto en que Liszt las llevó con su Sonata en si menor, de modo que actúa como conclusión del «tratado de sonata», agotándola y diciendo sobre ella todo cuanto puede ser dicho. Es la última palabra del género y todo cuanto se ha dicho después es, en realidad, anterior. Al mismo tiempo la obra es capaz de desarrollarse como un ensayo, que a partir de un material temático muy reducido —pero muy fértil— discurre de forma sinuosa hacia la clarificación de sus ideas musicales. No es mi intención, sin embargo, hacer aquí un análisis de la Sonata; el resultado sería a todas luces inferior a los muchos textos que se le han dedicado ya. Baste, por ahora, con lo ya dicho a este respecto.

El propósito de estas líneas es llamar la atención sobre la reciente grabación que de esta obra ha realizado el pianista valenciano Rubén Talón. Se trata de un registro audiovisual accesible de forma gratuita a través de YouTube. De factura elegante y cuidada apariencia, el vídeo se filmó en el Palacio del Marqués de dos Aguas, en Valencia. Resuena la gran obra de Liszt entre el arte de la arquitectura barroca, en un montaje que denota atención al detalle y que acompaña sin estorbar a la narrativa de la sonata. Incluso alguien no especialista en música captará la conexión entre lo que se ve y lo que se escucha.

En el repertorio pianístico —y creo que esto se hace extensivo a cualquier tipo de música— hay obras que son himalayas, cumbres insuperables del arte, y obras totalmente prescindibles cuya desaparición no afectaría un ápice a la historia de la música. La diferencia entre unas y otras radica en que las que de verdad son grandes demandan del intérprete la capacidad de acudir simultáneamente a un sinfín de recursos y destrezas que las obras mediocres no nos exigen. Por eso yo no toco la Sonata en si menor de Liszt, aunque haya pasado bastante tiempo trabajándola. Es una obra mucho más grande que yo, que demanda de mí tantas cosas que no puedo controlarlas. Pero Rubén Talón sí puede. En sus manos —y más importante aún, en su inteligencia— la agilidad, la delicadeza, la contundencia, la precisión, la velocidad, y tantas otras cualidades, se combinan rápidas y cambiantes, de modo que un pasaje veloce puede ser a un tiempo delicado, preciso y ágil. Tampoco la fuerza y la mesura están reñidas en Talón; su piano es enérgico, pero no violento. El célebre pasaje final de octavas, uno de los momentos cumbre de la obra, no es agresivo sino grandioso; el valenciano lo sabe, lo entiende y actúa en consecuencia. Ligero y demoniaco es el fugato justo antes de la reexposición, tenso hasta el punto de tenernos pendientes de un hilo. Asimismo, no pierde ocasión el pianista de mostrar voces ocultas y destacar cantos intermedios, de modo tal que uno redescubre secciones de la obra desde nuevas perspectivas.

Otro aspecto que me interesa de la versión que ofrece el pianista valenciano es el trabajo con las dinámicas, tanto las macrodinámicas que afectan a grandes secciones —y que están impecablemente diseñadas— como las microdinámicas que determinan el componente orgánico, vital, de un determinado motivo —para entender esto basta con escuchar la manera pulsante en que acomete, en la coda, el mefistofélico y obstinado tema de notas repetidas—. Su planteamiento, fruto de la investigación sobre la partitura, destierra la arbitrariedad; todo está calculado y meditado.

He escrito en otras ocasiones que Rubén Talón es, además, un pianista honesto, noble, porque no oculta el error. En concierto el fallo es casi inevitable, salvo que uno sea Michelangeli. Pero ante la cámara, a puerta cerrada, se repite lo que haga falta hasta conseguir la toma buena. Dónde reside la perfección de una toma es algo que debe decidir el intérprete, pero a mi juicio escoger la sobresaliente musical sobre la técnicamente impoluta dice mucho en favor de quien hace la elección. Es el triunfo de lo subjetivo sobre lo objetivo —y permítanme que vuelva una vez más sobre un tema que verdaderamente me intriga y me preocupa—, la demostración de que la objetividad de la música únicamente reside en el papel y la tinta. Todo lo demás, lo que la hace música, lo aporta el intérprete desde su inteligencia, su conocimiento y su emoción. No hay garantías de salir bien parado, porque —y aquí es donde llega la polémica— no todas las subjetividades son igual de válidas: si su intelecto está vacío, si no hay estudio, si no hay bagaje, si no hay inteligencia, me trae sin cuidado la idea que usted tenga sobre una obra: se retratará como un intérprete superficial porque nada salvo la mera intuición apoyará su lectura. Pero no así Rubén Talón. Él entrega a la música su estudio, su bagaje, su inteligencia, su subjetividad al fin. Y con éxito.


Fotografía: © Borja Merino

Soy pianista y profesor de conservatorio en la Comunidad de Madrid. Tras haber escrito durante algunos años en diferentes medios especializados he creado ESPACIO AREZZO, un blog en el que publico crítica, artículos de opinión y monografías, además de breves textos en clave de ensayo. Soy también productor audiovisual y técnico de sonido. En 2019 se estrenó mi primer largometraje documental y estoy en fase de producir el segundo.  Compagino mi trabajo en la docencia con la crítica y el mundo audiovisual. Álvaro Menéndez Granda

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